Wicked Game: el juego del espacio público

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El tablero de juego

El espacio público –paisaje urbano- supone el tablero de juego para que los jugadores existentes puedan desplegar sus capacidades en la partida que se desarrollará –de forma permanente- en el entorno. De hecho, el juego –plano textual- se desarrolla en base a unos contenidos y objetivos específicos, pero el propio estatuto y configuración del tablero –plano metatextual- es objeto de otro juego, previo, que es como se genera, que contiene y que reglas contiene el tablero. Otro juego –metajuego- similar a aquel “simcity” en el que se debía estructurar, constituir y distribuir una serie de elementos que ordenan y modelan en espacio para que la partida se pueda desarrollar.

Este juego, representado como una serie de “barras de herramientas” –toolbar- de un software imaginario, permite conformar el soporte físico y material del espacio público –el tablero de juego-. Para ello se establecen una serie de áreas con diversos acabados, se incorporan paseos, límites y estancias; zonas verdes; elementos de accesibilidad; mobiliario urbano, cubiertas y puestos; instalaciones y dispositivos para diversas actividades; señalizaciones, información y datos; movilidad, transporte y servicios varios. La suma progresiva de todos estos elementos constituyen las áreas, zonas, fichas y reglas que componen el tablero de juego –el espacio público-. Su materialización física en nuestros entornos.

Los jugadores

Los jugadores principales suelen ser tres –división metodológica y metafórica-. Por un lado nos encontramos el jugador Público, representado por las distintas administraciones que toman parte –mediatizan- el tablero. Por otro lado el jugador Privado, entendido como aquella lógica imperante que comercializa con fines de lucro el tablero de juego –sin establecer deontología o axiología. Por último nos encontramos con el jugador Ciudadano, término vago que aglutina una amalgama de diversos intereses colectivos y grupales que emanan de las propias Extituciones, Iniciativas Ciudadanas, Asociaciones y ciudadanos empoderados.

Cada uno de los tres jugadores posee una serie de prerrogativas específicas, de legitimidades –instituidas o instituyentes- y de estrategias y tácticas particulares que desplegarán en las distintas partidas que se desarrollan cotidianamente.Existiría un cuarto jugador, que supone toda aquella gente que observa el juego –el jugador Espectador-, que puede participar en el juego de una manera muy somera, dúctil y “despreocupada”.

La partida

Una vez que el tablero de juego está configurado comienza una partida sobre el mismo entre diversos actores, cada uno de ellos con intereses contrapuestos –en muchos casos- e incluso contrarios. Si dichos actores han sido lo bastante hábiles incluso la propia configuración del tablero les puede beneficiar a priori, o eligiendo a los mejores jugadores para su equipo, o “marcando las cartas.

La partida posee múltiples niveles y aspectos que se desarrollan a lo largo de la misma. Desde las “expresiones” de los propios jugadores, la visión estratégica de la misma, los errores…pero a nosotros nos interesa aquí fijarnos en la configuración del tablero, desde el momento inicial del mismo, y la evolución que este va sufriendo, a través de la “posición de sus fichas” en el tiempo. De la  incisiva observación de nuestros espacios públicos y colectivos podemos establecer la hermenéutica y exégesis de los jugadores que subyacen a la misma, al igual que al ver un tablero de ajedrez y la partida que en él se desarrolla nos ayuda a inferir la calidad y pensamiento de los oponentes.

De esta manera al escrutar nuestros espacios compartidos podemos interpretar el desarrollo de la partida que se juega en nuestro entorno, la correlación de fuerzas de los jugadores activos, “quién va ganando”, a quien no le “apetece jugar más”, quien hace trampas, quien tiene “más tablas” y quién tiene la “suerte del novato”. El tablero y la partida en la que nos movemos nos ofrece la configuración social y política de nuestra ciudad. Su grado de limpieza, el respeto por su condición primera, la objetivación y materialización de anhelos, reivindicaciones y deseos ciudadanos, las distintas alternativas existentes para resolver nuestras necesidades –de movilidad, de recreo, de encuentro, de juego, de relación, de conectividad, de información…-.

Lo Público, por tanto sería una suerte de “banca” en el juego. Ella posee las prerrogativas de administrar los recursos de todo tipo –económico, tiempos, posibilidades…- de forma que casi establece las reglas del juego. Los otros jugadores despliegan sus habilidades una vez que “la banca” ha establecido las condiciones de la partida. Cada jugador intentará obtener los mayores beneficios y ganar. Pero como en casi todos los juegos, lo que se “gana” posee un límite, es finito y está establecido. El que gana “arrebata” los recursos de los otros jugadores, ya que estos suponen la suma de los recursos de todos y no se multiplican. Por tanto si un jugador gana el otro pierde y viceversa. No puede haber varios ganadores en el juego, como mucho “tablas”.

El jugador Espectador participa en el tablero de juego –utiliza el espacio público- mediante diversas actividades, usando y abusando del mismo indistintamente, sin grandes compromisos ni aportaciones. El jugador Privado atiende a una racionalidad puramente económica y con fines de lucro –privatización, mercantilización, comercialización- . Para ello despliega sus técnicas por todo el tablero y las fichas, de forma que pueda obtener el mayor número de beneficios posibles de cada uno de los elementos del juego. El jugador Ciudadano se opone a dicha lógica “privatizadora”, contraponiendo sus estrategias de devolución –acción subversiva, desobediencia, fake, contrainformación, hackeo, informalidad, colectivización, cacharreo- de los recursos del juego para que el mismo juego pueda desarrollar nuevas partidas, con nuevos jugadores, y por el “derecho al juego”, es decir, que todo el mundo pueda jugar en igualdad de condiciones y sin ningún tipo de restricción. El jugador Público posee su papel, que es mediar entre los otros jugadores, aunque posee su propio papel garantista –planificación, programación, arbitraje…-.

Por tanto se establece una cierta cadencia en el proceso: el jugador Publico elabora el tablero de juego y sus reglas –COMPOSICIÓN-, el jugador Espectador utiliza ese tablero –USO/ABUSO- el jugador Privado privatiza e impone una racionalidad económica –COMERCIALIZACIÓN- y por último el jugador Ciudadano se rebela-HACKEO-. Cada movimiento que se desarrolla en la partida supone la alteración de la configuración de las fichas sobre el tablero, y este evoluciona de acuerdo la estrategia y acierto de cada jugador.

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Las alianzas –y las trampas-

Pero como en todo juego, a lo largo de la partida se despliegan una serie de alianzas –tácitas y explícitas- que, incluso, llegan a las trampas en ocasiones. De esta forma dos jugadores pueden alinearse frente al excesivo poder que va adquiriendo uno de los jugadores. Esto varía a lo largo del juego, por lo que las alianzas no son ni mucho menos estables ni perduran siempre, aunque por qué no decirlo, siempre hay jugadores que “se entienden mejor” entre  ellos que con otros. El establecimiento de dichas alianzas en la partida suele decantar la misma, que el “peso específico” de cada uno de los jugadores junto a otro supone una asimetría en las posibilidades de éxito de la misma. Es por ello por lo que dichas alianzas no son bien vistas por otros jugadores. Esto hace que las alianzas no suelan ser explícitas –con el rechazo y la protesta del jugador perjudicado- y por ello dichas coaliciones se mantengan en absoluto secreto y ocultas bajo la mirada de los otros jugadores y espectadores.

Las estrategias de cada uno de los jugadores y su disposición ad hoc suele estar definida –el agresivo, el conservador, el táctico, el especulador, el tramposo…-y son conocidas por los otros jugadores. Pero esto no impide que el resultado de la partida pueda variar de acuerdo con las condiciones dadas, la pericia del jugador y una dosis de fortuna. La imposición de ciertas lógicas hegemónicas y acríticas –o prepoliticas- inciden en la incapacidad de albergar otros discursos en el juego. Así, encontramos como muchos de los “movimientos” que se despliegan en la partida obedecen solamente a una racionalidad –la económica- mientras que no existe la defensa de estándares –dentro del propio espacio público- para el desarrollo o preservación de otras lógicas –patrimonio, descanso, encuentro, relación…-. De hecho, puede ser que las lógicas preponderantes establezcan un determinado tipo de reglas de juego que induzca la aparición de nuevos jugadores contrarios a las mismas, y que deconstruyan el mismo. Las partidas –y sus jugadores- se encuentran tan “viciados” que se necesita buscar de nuevo las “instrucciones del juego”, que están sean leídas por todos los jugadores, y que se respeten, en vez de obedecer unas reglas tergiversadas y “amañadas” por intereses espurios.

Cambiar de juego

La derrota continuada, el hartazgo, el tedio o las trampas, pero también la necesidad de buscar y encontrar la novedad, crecer y enriquecer y probar nos lleva a la búsqueda de nuevos tableros de juego, con nuevas reglas y nuevos jugadores –aunque permanentemente encontramos a “los de siempre”-.

Nuevos Juegos se desarrollan en otros tableros: los nuevos espacios públicos se encuentran en la colectivización de bienes y recursos compartidos, que forman la llamada “economía colaborativa”. Las actividades –y necesidades- básicas son satisfechas mediante nuevas formas y servicios. De esta forma la necesidad de vivienda y cama –turística-, la necesidad de transporte, la necesidad de comer –fuera-, la necesidad de bienes y servicios, de lectura, y tantas otr*s... Todas estas necesidades podemos solventarlas desde el sistema público, desde el privado y desde el compartido.

No nos preguntemos solamente qué puede hacer –que nos ofrece- el espacio público, sino que podemos hacer –qué ofrecemos nosotros- desde nuestros múltiples espacios privados -particulares- al común, a la colectividad. Podemos “abrir” nuestros espacios privados de tal suerte que de forma distribuida podemos generar nuevos ámbitos públicos, nuevas bases de datos compartidas, nuevas conectividades, nuevas redes espaciales colectivas…Esto no supone una aproximación excluyente o contradictoria con la defensa y reivindicación del propio espacio público, hipermediatizado siempre, y en riesgo otras muchas, pero enriquecer el discurso y la práctica con acciones que ya no dependen de terceros en muchos casos, sino de nuestra propia voluntad de transformación, sin terceros, sin excusas, sin subterfugios.

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